Desde la plaza de San Pedro, el papa Francisco desparramó en los oídos de sus fieles una palabras de miel y limón. Un dulce mensaje que se puede saborear desde la sencillez de un pesebre, o mejor dicho, desde la inocencia que es emanada de los ojos de la infancia.

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“Estoy seguro que en nuestras casas todavía tantas familias han hecho el pesebre, llevando hacia adelante esta bella tradición que se remonta a San Francisco de Asís y que mantiene vivo en nuestros corazones: el misterio de Dios que se hace hombre”.

La misión es hacernos pequeños para encontrar el Amor de un Dios misericordioso que nos habla con el aroma de las flores más frágiles de la Creación: Los Niños.

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“Esta devoción al Niño Jesús nos permite meditar, siguiendo el ejemplo de la Virgen María, la humildad de Dios, que se hace pequeño por nosotros. A pesar de que sabemos poco de la infancia de Jesús, podemos aprender mucho de Él mirando a los niños”.

Los niños abrazan a sus padres porque necesitan ser protegidos, necesitan sentirse amados con ese calor propio de un abrazo paterno. Sin ir más lejos, cuando abrazamos a una de esas pequeñas criaturas, es a Dios a quien acogemos, el mismo que duerme indefenso en un pesebre.

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”Descubrimos, sobre todo, que los niños quieren nuestra atención. ¿Por qué?, porque ¿son orgullosos? ¡No! Porque necesitan sentirse protegidos. Es necesario también para nosotros poner al centro de nuestra vida a Jesús y saber que, aunque pueda parecer paradójico, tenemos la responsabilidad de protegerlo… y de hacerle sonreír para demostrarle nuestro amor y nuestra alegría, porque Él está entre nosotros. Su sonrisa es la señal del amor que nos da la certeza de ser amados”.

Finalmente, agregó el papa…

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“Jesús también quiere que lo estrechemos en nuestros brazos, que le demostremos nuestro amor, nuestro interés. Que abandonemos nuestra pretensión de autonomía y acojamos la verdadera forma de la libertad, que consiste en reconocer y servir a quien tenemos delante. Él ha venido a revelarnos el rostro del Padre, rico en misericordia”.

Una vez, Jesús dijo a sus discípulos…

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“En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe”. (Mateo. 18 2-5)

Textos extraídos de la última Audiencia General del papa Francisco – Ciudad del Vaticano, 30 de Diciembre de 2015.
Pintura: Donald Zolan.

International Youth Coalition – Youth Defending Life and Family Around the Globe