“¿Quién soy yo para juzgarlo?”, una de las frases más recordadas de su Santidad, el Papa Francisco. Todo el mundo parece pensar que el Papa solamente ha dicho eso, ignorando de manera olímpica, por ejemplo, cuando calificó a la ideología de género como “una colonización ideológica de la familia”.

“¿Quién soy yo para juzgarlo?” es el grito de guerra de la pusilanimidad en el siglo XXI. Me declaro abiertamente un fan del Papa Francisco y su énfasis en la misericordia. Sin embargo, como un fiel seguidor puedo afirmar que la catequesis del Obispo de Roma ha sido malinterpretada intencionalmente. Claramente, si bien la misericordia y la preferencia por la persona entendida en todas sus dimensiones son elementos fundamentales a tomar en cuenta, es un gravísimo error pensar que el hombre debe renunciar a declarar las diferencias entre el bien y el mal en aras de cuidar los “sentimientos” de los demás.

La misericordia, el amor al miserable, tiene como pre-requisito una visión realista de las cosas, de las problemáticas del mundo, de la distinción entre aquellas cosas que ayudan a la superación de la persona. Es una falacia que, en aras del “¿Quién soy yo para juzgarlo?”, las personas (y especialmente los cristianos) se abstengan de señalar (o que defiendan abiertamente) cuestiones dañinas para el ser humano desde el punto de vista objetivo.

“¿Quién soy yo para juzgarlo?” es una clara y acertada invitación a la misericordia. Sin embargo, si queremos entender en plenitud el mensaje de amor que Dios nos da a través del Papa Francisco, es necesario recordar primeramente que el mundo necesita cristianos dispuestos a cumplir su vocación de vivir “una verdad llena de amor, y un amor lleno de verdad” (como lo señala el Papa Benedicto XVI en Caritas in Veritate)… Aunque la verdad y el amor puedan ser dolorosos cuando se vive alejado de ellos.

J. Francisco Macias C.