Los aliados para la guerra global

| May 26, 2016

En 1935 la película “Trumph des Willens” (“El triunfo de la voluntad”) se estrenó en Alemania. Este largometraje no es más que propaganda fascista, mostrando la fortaleza del partido nacionalsocialista alemán. Y el titulo pareciera ser sacado directamente de la filosofía de Nietzsche: el desechamiento de la razón, la victoria de la voluntad desordenada como única guía de la vida humana y de las naciones. La convención del partido Nazi en Nüremberg “encarna” (supuestamente) la voluntad del pueblo alemán, ignorando elementos objetivos como la paz mundial o el desarrollo de los países y entregándose al más terrible y extremo nacionalismo. Esta supremacía de la voluntad terminó esclavizando a las personas a los designios caprichosos de las masas irracionales.

En este contexto, fue necesario que una alianza de países se enfrentaran a los excesos de la voluntad. ¿Ellos eran totalmente virtuosos? No. ¿Poseían la verdad última sobre el mundo? Tampoco; y seguramente pocos imaginaban los alcances de este conflicto. Pero lo que sí entendían era que la dictadura de lo que quieren unos pocos es irremediablemente injusta, en contraposición a la toma de decisiones a través de los datos que, aunque a veces exceden la mente humana, son razonables. En efecto, la racionalidad libera a las personas y a los sistemas políticos, económicos y sociales para que tomen la mejor decisión en la información objetiva disponible.

En el siglo XXI la irracionalidad embate con renovadas fuerzas a la humanidad. Se ignora la realidad para satisfacer los deseos ilógicos de las personas y se modifican los sistemas jurídicos para responder a los caprichos de la voluntad que están en abierto conflicto con las realidades objetivas. Y esto sucede en la regulación de la vida y de la muerte con el aborto y la eutanasia; en la regulación de la familia con la desnaturalización del matrimonio; en la regulación de los mercados con el abuso del estado social que incrementa las diferencias entre ricos y pobres; en la regulación de la protección al ambiente con la divinización de los animales y (paradójicamente) la práctica empresarial y comercial que destruye el equilibrio ecológico.

La guerra resulta especialmente grave porque ya no se habla de nacionalismos, sino de un conflicto intelectual generalizado: una guerra global contra la razón. En este sentido, es necesario que exista un nuevo grupo de aliados dispuestos a luchar por la racionalidad de la existencia humana. No se trata de negar los anhelos de las personas, sino estructurarlos racionalmente a la verdad para que permitan el pleno desarrollo de las sociedades. No se trata de conservar el statu quo, sino de encaminarlo al bien común. No se trata de poner a la razón sobre la voluntad, sino del triunfo de la voluntad plena de razón.